Respuesta Corta
El dolor sin lesión aparente es una realidad clínica muy frecuente que ocurre porque el dolor es una respuesta del cerebro ante una amenaza percibida, no necesariamente un indicador de daño en los tejidos. Este fenómeno suele deberse a la sensibilización central, donde el sistema nervioso se vuelve hipersensible y amplifica señales normales interpretándolas como dolorosas. Otros factores como el estrés crónico, la falta de sueño, la inactividad física o la ansiedad pueden mantener activas estas señales de alerta mucho tiempo después de que una lesión haya sanado, o incluso sin que esta haya existido nunca.
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Toggle¿Por qué te duele si no tienes lesión? (y qué hacer al respecto)
Imagina esta situación: llevas meses con una molestia constante en la espalda o el cuello. Vas al médico, te hacen radiografías, resonancias magnéticas y análisis de sangre. Esperas encontrar algo «roto» que explique tu sufrimiento, pero el resultado es desconcertante: «Todo está bien, no tienes ninguna lesión importante».
Lejos de aliviarte, esto suele generar frustración, miedo e incertidumbre. Si no hay nada roto, ¿por qué duele el cuerpo sin motivo? Esta es una de las consultas más habituales que recibimos en fisioterapia. La realidad es que el dolor es mucho más complejo que un simple cable que conecta un golpe con el cerebro. El dolor es una experiencia multidimensional y entender cómo funciona es el primer paso, y el más potente, para empezar a eliminarlo.
En este artículo vamos a profundizar en los mecanismos que hacen que tu cuerpo siga enviando señales de alerta aunque tus tejidos estén sanos, basándonos en la evidencia científica más actual y en la práctica clínica diaria.
El dolor no siempre es igual a daño
Durante décadas, hemos creído que el dolor era una medida directa del daño en los tejidos: si duele mucho, es que la herida es grande; si no duele, es que estoy curado. Sin embargo, la neurociencia moderna nos ha demostrado que esto no es así.
Para responder a la pregunta de ¿es posible sentir dolor sin sufrir lesiones?, la respuesta es un rotundo sí. De hecho, puedes tener una lesión grave sin dolor (como sucede en momentos de adrenalina extrema) y, por el contrario, sufrir un dolor incapacitante sin que haya un solo rasguño en tus músculos o huesos.
Esto sucede porque el dolor es una construcción del cerebro. Su función es protegerte. Cuando tu cerebro evalúa que hay una amenaza —ya sea física, emocional o ambiental—, activa la señal de dolor para que hagas algo al respecto (detenerte, huir o proteger la zona). El problema surge cuando este sistema de alarma se descalibra y empieza a sonar cuando no hay ningún incendio.
La Sensibilización Central: cuando el volumen se queda al máximo
Uno de los mecanismos principales detrás del dolor sin daño es lo que llamamos sensibilización central. Imagina que el sistema nervioso tiene un control de volumen. En condiciones normales, el volumen está bajo y solo sube si te das un golpe. Pero en ciertos casos, debido a un dolor que se ha mantenido mucho tiempo o a factores de estrés, ese volumen se queda atascado al máximo.
Esto provoca que estímulos que normalmente no deberían doler, como el roce de la ropa, un abrazo o un movimiento suave, sean interpretados por tu cerebro como agresiones. Esto no significa que el dolor sea «psicológico» o que te lo estés inventando; el proceso fisiológico es real, pero ocurre en el procesamiento de la señal (en la médula espinal y el cerebro) y no en el tejido local.
Factores que «encienden» el dolor sin haber golpe
Si descartamos la lesión traumática, debemos mirar otros aspectos de tu vida que pueden estar contribuyendo a mantener encendida esa alarma. El cuerpo humano funciona como una unidad y lo que ocurre en tu mente o en tu sistema metabólico tiene repercusión directa en tus músculos y articulaciones.
El peso de los factores emocionales y el estrés
No podemos separar la mente del cuerpo. Situaciones de estrés laboral, ansiedad, depresión o miedo al propio dolor actúan como combustible para el sistema nervioso. El estrés libera cortisol y otras sustancias que mantienen al cuerpo en un estado de «lucha o huida».
Cuando estás en tensión constante, tus músculos se contraen de forma defensiva y tu umbral del dolor baja drásticamente. El cerebro interpreta ese estrés acumulado como una amenaza a tu supervivencia y puede decidir «protegerte» generando dolor físico para obligarte a parar. Es común ver pacientes que, tras épocas de mucha carga emocional, debutan con cuadros de dolor generalizado.
Sobrecarga muscular y malos hábitos
A veces la causa es funcional. El uso repetitivo de un grupo muscular, posturas mantenidas durante horas frente al ordenador o la falta de descanso pueden generar zonas de hipoxia (falta de oxígeno) en el músculo. Esto irrita los receptores locales.
Según explican fuentes médicas como Mayo Clinic, la tensión muscular es una de las causas más frecuentes de dolor no traumático. Aquí no hay una rotura de fibras, pero sí un entorno químico ácido dentro del músculo que activa los nociceptores (receptores de peligro). El sedentarismo es el gran enemigo aquí: un cuerpo que no se mueve se vuelve intolerante a la carga, y cualquier esfuerzo mínimo se percibe como una agresión.
¿Qué enfermedad te produce dolor en todo el cuerpo?
Cuando el dolor deja de ser local y se vuelve difuso, afectando a brazos, piernas y tronco, es natural preocuparse por causas sistémicas. Muchas personas llegan a consulta preguntándose qué enfermedad te produce dolor en todo el cuerpo, temiendo diagnósticos graves.
Existen condiciones específicas donde el procesamiento del dolor está alterado de forma global. La más conocida es la fibromialgia, un síndrome caracterizado por dolor musculoesquelético generalizado acompañado de fatiga, problemas de sueño, memoria y estado de ánimo. En la fibromialgia, se cree que hay una amplificación de las sensaciones dolorosas, afectando el modo en que el cerebro procesa las señales de dolor.
Otras causas sistémicas pueden incluir infecciones virales. Como bien señala MedlinePlus, virus comunes como el de la gripe pueden causar mialgias severas (dolor muscular) debido a la respuesta inflamatoria del sistema inmune. También existen enfermedades reumatológicas o autoinmunes, como el lupus o la artritis reumatoide, aunque estas suelen cursar con signos visibles de inflamación articular, a diferencia del dolor puramente nociplástico (por alteración del procesamiento) donde no se ve hinchazón externa.
El círculo vicioso del dolor persistente
Entender el concepto de dolor crónico o nociplástico es vital. Se considera crónico aquel que dura más de 3 a 6 meses, tiempo suficiente para que cualquier tejido humano haya cicatrizado. Si te duele la espalda desde hace dos años, ese dolor ya no te está informando sobre el estado de tus vértebras, sino sobre el estado de tu sistema de alerta.
¿Qué pasa cuando un dolor no se quita con nada?
Esta es una pregunta angustiante: ¿Qué pasa cuando un dolor no se quita con nada? Generalmente, cuando los antiinflamatorios, los masajes suaves o el reposo no funcionan, es porque estamos tratando el síntoma equivocado. Si tratamos un dolor de origen central (cerebro hipersensible) con soluciones para un dolor periférico (una pomada o una pastilla para la inflamación), el fracaso está asegurado.
Cuando el dolor persiste, se producen cambios neuroplásticos. Tu cerebro aprende a doler. Se crean «autopistas» neuronales que facilitan que la señal de dolor viaje más rápido y con más intensidad. Además, el miedo al movimiento (kinesiofobia) hace que nos movamos menos, lo que debilita los tejidos y nos hace aún más sensibles, cerrando un círculo vicioso de dolor-inactividad-más dolor.
Estrategias efectivas: ¿Qué hacer al respecto?
La buena noticia es que, al igual que el sistema nervioso puede aprender a generar dolor, también puede «desaprenderlo» o desensibilizarse. La neuroplasticidad juega a nuestro favor si sabemos cómo estimularla. No se trata de «aguantarse», sino de reeducar al sistema.
1. Educación en dolor: El conocimiento es analgésico
Saber lo que te pasa reduce la amenaza. Entender que «doler no es igual a dañar» es fundamental. Tal como indican expertos en divulgación como Healthing, comprender que no hay receptores de dolor (sino receptores de peligro o nociceptores) y que el dolor es una opinión del cerebro, ayuda a perder el miedo. Cuando pierdes el miedo a que tu espalda se «rompa» por agacharte, el cerebro baja el nivel de alerta y, consecuentemente, el dolor disminuye.
2. Ejercicio Físico Progresivo y Exposición Gradual
El reposo absoluto está contraindicado en casi todos los casos de dolor crónico. El movimiento genera analgesia natural al liberar endorfinas y mejorar la circulación sanguínea. Sin embargo, debe ser dosificado.
Si te duele correr, no empieces corriendo una maratón. Empieza caminando 10 minutos. Si eso no dispara el dolor, sube a 15. Se trata de exponer al cuerpo gradualmente a la carga para demostrarle a tu cerebro que el movimiento es seguro. En nuestra experiencia clínica, gran parte del éxito en el tratamiento del dolor de espalda y articulaciones reside precisamente en diseñar programas de ejercicio terapéutico donde el paciente retoma la confianza en su cuerpo, pasando de sentirse frágil a sentirse robusto y capaz.
3. Gestión del estrés y mejora del sueño
Dormir es el taller de reparación del cuerpo. Un sueño de mala calidad es uno de los predictores más fuertes de dolor crónico. Durante el sueño profundo, el sistema nervioso se «resetea». Si no duermes bien, tu sensibilidad al dolor al día siguiente será mucho mayor. Incorporar rutinas de higiene del sueño, evitar pantallas antes de dormir y mantener horarios regulares es tan importante como cualquier ejercicio físico.
Del mismo modo, técnicas de relajación, mindfulness o respiración diafragmática ayudan a cambiar el estado del sistema nervioso de «simpático» (alerta/tensión) a «parasimpático» (relajación/recuperación).
4. Revisión de hábitos y alimentación
Aunque menos evidente, la alimentación juega un papel en la inflamación sistémica. Una dieta rica en procesados y azúcares puede mantener al cuerpo en un estado pro-inflamatorio constante. Optar por alimentos reales, ricos en omega-3 y antioxidantes, ayuda a modular la respuesta inflamatoria desde dentro.
Conclusión: Retomando el control
Sentir dolor sin una lesión visible no está en tu imaginación, es un fallo complejo de procesamiento de tu organismo que requiere un abordaje activo. Dejar de buscar una «cura mágica» o un diagnóstico estructural que quizás nunca aparezca es el primer paso para la libertad.
La clave está en cambiar el foco: dejar de intentar «apagar» el dolor a la fuerza y empezar a construir salud a través del movimiento, el descanso y la comprensión de tu propia biología. Si el dolor es intenso, no desaparece o te impide hacer tu vida normal, busca profesionales actualizados que entiendan el dolor desde esta perspectiva biopsicosocial y no solo se centren en buscar roturas donde no las hay. Tu cuerpo es fuerte y adaptable; solo necesita el estímulo correcto para recordar cómo funcionar sin dolor.
Sobre el autor del texto
Ana carabel fisioterapia
Soy fisioterapeuta y durante años he trabajado en clínica privada, donde además tuve la oportunidad
de dirigir equipos de fisioterapeutas
