Respuesta Corta
El ejercicio terapéutico está considerado científicamente como una «polipíldora» natural. A diferencia de la actividad física general, el ejercicio prescrito como tratamiento induce cambios fisiológicos específicos: actúa como un potente antiinflamatorio, libera miocinas (proteínas musculares) que regulan el metabolismo, mejora la neuroplasticidad cerebral y optimiza la función cardiovascular. La evidencia respalda su uso no solo para prevenir, sino para tratar patologías crónicas como la diabetes tipo 2, la hipertensión, el dolor lumbar crónico y la depresión, superando en eficacia a muchos fármacos aislados al abordar la causa raíz de la disfunción y no solo los síntomas.
Vivimos en una sociedad medicalizada. Cuando nos duele algo, buscamos instintivamente una pastilla que «apague» el síntoma. Sin embargo, en las últimas décadas, la ciencia ha dado un giro copernicano para volver a una verdad que los antiguos griegos ya intuían pero que ahora podemos demostrar con resonancias y análisis moleculares: el movimiento no es solo una opción de ocio, es una necesidad biológica.
Si has llegado hasta aquí, probablemente te preguntes si realmente moverte puede curarte o si es solo una frase motivacional más. La respuesta corta es que sí, pero con matices. No todo el movimiento es medicina, del mismo modo que no cualquier sustancia es un medicamento. En este artículo vamos a desglosar, con rigor y claridad, por qué tu cuerpo cambia radicalmente cuando decides usar el ejercicio como herramienta terapéutica.
Tabla de contenidos
Toggle¿Qué significa realmente ejercicio como medicina?
El concepto de «Exercise is Medicine» (El ejercicio es medicina) es una iniciativa global, pero va mucho más allá de un eslogan. Significa integrar la actividad física dentro del sistema sanitario como un estándar de cuidado. Cuando hablamos de ejercicio clínico o terapéutico, no nos referimos a «ir al gimnasio a sudar» sin un plan.
La diferencia fundamental radica en el objetivo y la dosificación. Mientras que el fitness tradicional suele buscar la estética o el rendimiento deportivo puro, el ejercicio como medicina busca restaurar la función perdida y modular la biología del paciente.
Para entenderlo mejor, imagina una comparación directa entre el enfoque de gimnasio tradicional y el enfoque clínico. En el entorno tradicional, el objetivo suele ser la hipertrofia o perder peso rápidamente, a menudo sin tener en cuenta las patologías de base. En cambio, en el ejercicio clínico, evaluamos la tolerancia de los tejidos. Si tienes una discopatía o una artrosis, no podemos cargarte peso sin más; necesitamos buscar la dosis exacta que estimule la regeneración sin provocar inflamación reactiva. Es farmacología aplicada al movimiento: buscamos la dosis mínima efectiva.
Por qué el ejercicio puede considerarse un medicamento
Para que algo sea considerado un fármaco, debe tener un mecanismo de acción conocido, una dosis terapéutica y efectos probados. El ejercicio cumple con todo esto. Cuando contraes un músculo, no solo estás moviendo una palanca ósea; estás activando una glándula endocrina.
El músculo esquelético es el órgano endocrino más grande del cuerpo. Al contraerse, libera cientos de sustancias llamadas miocinas. Estas moléculas viajan por el torrente sanguíneo y «hablan» con otros órganos: le dicen al hígado que regule la glucosa, al tejido adiposo que se oxide, y al cerebro que libere factores de crecimiento neuronal. Ninguna pastilla inventada hasta la fecha tiene la capacidad de actuar en tantos sistemas simultáneamente y de forma coordinada.
Evidencia científica: qué dice la ciencia sobre el ejercicio como medicina
La pregunta del millón es: ¿Está científicamente probado el ejercicio? La respuesta es rotunda. La evidencia es de «Clase A», el nivel más alto posible. Estudios recientes, como los publicados en revistas de alto impacto y referenciados por instituciones como el CNIC (Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares), han demostrado mecanismos moleculares fascinantes.
Por ejemplo, investigaciones recientes han identificado rutas de señalización (como la vía p38) que explican por qué el ejercicio físico estimula el deseo de mantenerse activo y cómo la falta de este genera un círculo vicioso de sedentarismo. La ciencia nos dice que el sedentarismo altera nuestra química cerebral para hacernos querer estar más quietos, mientras que la actividad regular «reprograma» estos circuitos.
La sabiduría antigua: Sócrates y Marco Aurelio
Es curioso cómo la ciencia moderna acaba dándole la razón a la filosofía clásica. Si nos preguntamos qué dijo Sócrates sobre el ejercicio físico, encontramos una reflexión que apela a la responsabilidad personal. Sócrates reprendía a sus discípulos por descuidar su cuerpo, afirmando que «es una desgracia envejecer sin haber visto la belleza y la fuerza de la que el cuerpo es capaz». Para él, el estado físico no era vanidad, sino una obligación cívica y moral para tener una mente aguda.
De igual forma, al revisar qué dijo Marco Aurelio sobre el ejercicio, el emperador estoico lo veía como una herramienta para la disciplina de la mente. Entendía que un cuerpo fuerte y resiliente era el único vehículo capaz de soportar las dificultades de la vida. Hoy, traducimos esto como «reserva fisiológica»: cuanta más capacidad física tengas, mejor soportarás las enfermedades o el estrés.
Mecanismos fisiológicos: cómo actúa el ejercicio en el cuerpo
Para entender por qué funciona, tenemos que mirar bajo el capó. El ejercicio no actúa por magia, sino por fisiología pura.
Regulación metabólica
El ejercicio aumenta la sensibilidad a la insulina. En un mundo donde la diabetes tipo 2 es epidémica, el músculo activo actúa como una «esponja» de glucosa que funciona incluso cuando la insulina falla. Esto es vital para controlar el azúcar en sangre sin depender exclusivamente de medicación.
Sistema cardiovascular
El corazón es un músculo y, como tal, responde al entrenamiento. El ejercicio mejora la capacidad del corazón para bombear sangre (volumen sistólico), reduce la rigidez de las arterias y fomenta la creación de nuevos vasos sanguíneos (angiogénesis). Esto reduce la presión arterial de forma natural y duradera.
Sistema musculoesquelético y nervioso
Aquí es donde entra nuestra especialidad. El movimiento controlado nutre el cartílago (que no tiene sangre propia y depende del movimiento para recibir nutrientes) y fortalece el hueso. Además, modula el dolor. Muchas veces, ante un dolor crónico, la respuesta instintiva es el reposo, pero esto suele empeorar el cuadro. La evidencia actual en el tratamiento del dolor de espalda y articulaciones demuestra que el ejercicio específico es superior a muchas intervenciones pasivas, ya que enseña al cerebro que el movimiento es seguro, reduciendo la señal de alarma del dolor.
Enfermedades donde el ejercicio actúa como medicina
No todas las enfermedades responden igual, pero hay un grupo de patologías donde el ejercicio es, literalmente, la primera línea de tratamiento.
Enfermedades musculoesqueléticas
En casos de artrosis, dolor lumbar crónico, sarcopenia (pérdida de masa muscular) y osteoporosis, el ejercicio no es opcional; es la única forma de revertir o frenar el proceso. El hueso necesita impacto para fijar calcio, y la articulación necesita carga para mantenerse lubricada.
Enfermedades cardiovasculares y metabólicas
La hipertensión, la cardiopatía isquémica y la obesidad responden de manera espectacular al ejercicio aeróbico y de fuerza combinados. De hecho, en rehabilitación cardíaca, el ejercicio supervisado reduce significativamente la mortalidad tras un infarto.
Salud mental y neurológica
La depresión y la ansiedad son las pandemias silenciosas. El ejercicio eleva los niveles de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, y promueve la neurogénesis (nacimiento de nuevas neuronas) en el hipocampo, la zona del cerebro encargada de la memoria y las emociones.
Cáncer
Cada vez hay más evidencia, como señalan instituciones como ESHI, de que el ejercicio mejora la tolerancia a la quimioterapia, reduce la fatiga asociada al cáncer y aumenta las tasas de supervivencia en ciertos tipos de tumores, como el de mama o colon, al crear un entorno sistémico menos favorable para el tumor.
Cómo se prescribe el ejercicio como medicina (guía práctica)
No vale con decir «salga usted a caminar». Para que sea medicina, necesitamos aplicar el principio FITT: Frecuencia, Intensidad, Tipo y Tiempo.
1. Tipo de ejercicio
Debe ser específico. Si tienes dolor de espalda, quizás nadar a braza no sea lo mejor, pero sí lo sea el trabajo de core y control motor. Debemos combinar fuerza (pesas, bandas elásticas) con trabajo cardiovascular.
2. Intensidad
Aquí es donde fallamos más. Pasear mirando escaparates es actividad física, pero no suele ser suficiente estímulo para generar adaptaciones fisiológicas importantes. Necesitamos que el corazón suba de pulsaciones o que el músculo sienta fatiga. La intensidad debe ser progresiva.
3. Frecuencia y Duración
La consistencia es clave. Es mejor 30 minutos al día, 5 días a la semana, que una paliza de 3 horas el domingo. La regularidad mantiene los niveles de miocinas y antiinflamatorios naturales constantes en sangre.
Preguntas frecuentes sobre ejercicio como medicina
Es normal tener dudas. A continuación, resolvemos las consultas más habituales que recibimos en consulta y que la gente busca en internet.
¿Qué dice la OMS sobre hacer ejercicio?
La Organización Mundial de la Salud es clara y contundente: recomienda al menos 150 a 300 minutos de actividad aeróbica moderada a la semana para adultos, o bien 75 a 150 minutos de actividad vigorosa. Pero añade un punto clave que a veces olvidamos: se deben realizar actividades de fortalecimiento muscular al menos dos días a la semana. No cumplir estos mínimos aumenta drásticamente el riesgo de mortalidad por todas las causas.
¿Qué dice la ciencia sobre el ejercicio y su potencia real?
La ciencia confirma que el ejercicio es la intervención con mejor relación coste-efectividad que existe. Estudios epidemiológicos muestran que las personas activas viven más y, lo que es más importante, viven mejor los últimos años de su vida, comprimiendo la morbilidad (el tiempo que pasamos enfermos) al final de la vida.
¿Hacer ejercicio es bueno para la gripe?
Esta es una duda muy común en invierno. La regla general es la del «cuello». Si tus síntomas están del cuello para arriba (moco nasal leve, estornudos) y no tienes fiebre, el ejercicio suave puede ayudar a descongestionar. Sin embargo, si tienes síntomas sistémicos (fiebre, dolor muscular generalizado, fatiga extrema o congestión en el pecho), la respuesta es NO. Hacer ejercicio con fiebre es peligroso porque puede derivar en miocarditis (inflamación del corazón). El cuerpo necesita energía para combatir el virus, no para levantar pesas.
¿Puede el ejercicio sustituir a los medicamentos?
En algunos casos, sí, pero siempre bajo supervisión médica. Hay pacientes que, tras perder peso y ganar masa muscular, logran normalizar sus niveles de tensión o glucosa y sus médicos pueden reducir o eliminar la medicación. Sin embargo, el ejercicio suele ser el mejor coadyuvante: hace que los medicamentos funcionen mejor y permite usar dosis más bajas. Nunca dejes una medicación por tu cuenta sin consultar a tu especialista.
Barreras habituales y cómo superarlas
«No tengo tiempo», «me duele al moverme», «estoy muy cansado». Estas son barreras reales. Pero recuerda lo que decíamos sobre el CNIC: el sedentarismo llama al sedentarismo. La fatiga muchas veces es mental y no física. Paradójicamente, gastar energía haciendo ejercicio te devuelve más energía de la que consumes.
Si tienes dolor, el miedo es tu peor enemigo. Es comprensible que temas hacerte daño, pero es ahí donde la figura del fisioterapeuta es crucial. No tienes que hacerlo solo. Un profesional puede guiarte para encontrar la «ventana terapéutica», ese punto donde te ejercitas, mejoras y no te lastimas.
Conclusión: Tu cuerpo espera
El cuerpo humano está diseñado para el movimiento. Privarlo de él es ir en contra de nuestra naturaleza evolutiva. Ya sea que busques prevenir enfermedades futuras o tratar una condición actual, el ejercicio es la herramienta más potente que tienes a tu alcance. No se trata de ser un atleta, se trata de ser un humano funcional. Empieza hoy, aunque sea poco, porque como dice la ciencia: algo es infinitamente mejor que nada.
Sobre el autor del texto
Ana carabel fisioterapia
Soy fisioterapeuta y durante años he trabajado en clínica privada, donde además tuve la oportunidad
de dirigir equipos de fisioterapeutas
